por Paco Ladera 21ª generación estilo Chen, 4ª Hun Yuan La actitud ante una confrontación depende del estado mental en el que nos encontremos. El estado de nuestra mente es fundamental para desarrollar cada situación de manera acertada o desacertada. Los profesores, libros y publicaciones que existían hace una década no hacían referencia, nada más que en unas líneas, a la mente y el Espíritu del practicante. En la actualidad, todos los maestros tratan de pulir su enseñanza, no solo en la aplicación de sus técnicas, sino también en sus corazones.
El desarrollo de cualquier acontecimiento depende de los pensamientos que existan en nuestras conciencias en ese instante y que se encuentran condicionados por los sentimientos albergados desde la infancia. Una situación de agresividad vivida a muy temprana edad, puede establecer un marco de impotencia y frustración que nos acompañe en cada momento de nuestros días y se exprese violentamente si no le ponemos remedio. Personalmente, desde la primera clase en la que una persona se inicia en el arte marcial hay que transmitirle la importancia de su presencia mental. El momento inicial de un conflicto es, antes incluso de juntar las manos, el enfoque otorgado por el pensamiento de los participantes al enfrentamiento. Todos nos encontramos sometidos a las experiencias adquiridas desde nuestro nacimiento y daremos respuestas según nuestro desarrollo y auto-conocimiento. El miedo, la cólera, el decaimiento, la duda... son los puntos débiles de nuestra actitud marcial, segundos antes de que los golpes hayan sido lanzados. En una lucha, cuando las miradas se cruzan y las guardias se levantan puede que el combate haya terminado.
La guardia (no solo física sino psicológica) es el elemento fundamental del desarrollo del primer instante de una momento de estrés y por esto va a ser de radical importancia para un artista marcial. Si nuestro ceño se arruga, los músculos se tensan, la respiración se eleva y el Qi (conciencia y energía) se bloquea, estamos perdidos, incluso, si el combate se resuelve a nuestro favor, pues esa misma noche sufriremos las consecuencias de dejarnos llevar por nuestras emociones y a veces esto es más destructivo que terminar con unos golpes o moratones. Recordar que las apariencias engañan. Puede que ganemos el enfrentamiento, lo que supone que el oponente caiga derrotado esa día, que su cuerpo quede magullado, que toque la lona o el suelo varias veces, que sus músculos terminen extenuados, que las articulaciones se encuentren doloridas y regrese a casa sin el resultado esperado, pero quizá en los más profundo, no haya sido vencido, por saber que lo ha dado todo, que se ha enfrentado a sí mismo y se ha superado. Puede que seamos nosotros los que quedemos aniquilados. Aniquilados por el temor a lo que iba a suceder cuando él se moviera, aniquilados por nuestras emociones incontroladas que seguirán acumulándose tras la lucha y que con el pasar del tiempo se convertirán en gestos groseros con nuestros familiares, compañeros, amigos y el ser querido, Aniquilados por no habernos mirado al espejo y ver que posemos sentimientos y temores que no deseamos, pero que no podemos esconder siempre. Él fue vencido por la noche y nosotros por la mañana, podemos preguntarnos: ¿cuál de los dos contempló el amanecer tranquilo?. La guardia no es para vencer al contrincante sino a nosotros mismos, será mejor dejar caer las manos que levantarlas sin con ello vamos a conseguir liberarnos interiormente, al menos así tendremos alguna oportunidad. Sí no hay predisposición al combate, ni a vencer ni a ser derrotado, sí no existe pensamiento alguno, poseemos serenidad y acción espontánea. En las clases, muchos instructores recomiendan subir la guardia, abrirla, cerrarla, colocarla aquí o haya, delante o detrás. Está bien pero hay que darse cuenta que no estamos aceptando psicológicamente el combate, solo levantando las manos y que por tanto, nuestras mentes concebirán la situación como segundos o minutos de estrés, angustia o violencia y no conseguiremos aflojarnos para actuar de forma efectiva. La guardia de un principiante vista por un maestro, determina el sendero hacia el cual está dirigiendo su arte. Muchas personas (la inmensa mayoría) de las que asisten a un centro de enseñanza marcial no se enfrentan a una agresión más de un vez en su vida o ninguna, pero constantemente son chantajeados por sus emociones y las de los demás, agredidos por las palabras mal dichas o dichas en la sombra y por los pensamientos que vibran en el aire de crítica silenciosa en el trabajo o en la familia, se plantean a través de los años cuestiones que nadie responde y que no saben dónde ni cómo encontrar contestación. Por tanto, la enseñanza es mucho más que la posición de las manos y la estructura de los pies o el peso del cuerpo, la altura del mentón, la apertura de los hombros y los puntos vitales. No queda aislada a recetas sobre la mejor manera de defenderse, atacar o contraatacar. Es responsabilidad de aquellos que sinceramente enseñan el arte de desenvolverse en la lucha, en la vida, que a veces es más una batalla que un paraíso, transmitir el verdadero Espíritu del Guerrero. Algunas personas podrán decir: ¿dónde queda la efectividad?. Está bien, pero no hablamos de las técnicas, ni las estrategias de lucha de cada estilo, ni de su ejecución. Esto es diferente para cada practicante y disciplina. Pero la mente es la misma. Creo firmemente en el pulido y profundización del arte, de cortar la florituras y buscar aquello que es real, dejarnos de fantasías, de volar por los aires o realizar acrobacias, pero ¿qué es real?. Todos nos hemos encaminado a golpear al compañero y hemos visto como nuestros músculos no responden al estar lleno de emociones. Podríamos referirnos a otra idea con la que nos justificamos repetidamente: sí están relajadas en los costados perdemos tiempo en levantarlas y llegar al contacto, sí la derecha está detrás golpearás con más fuerza que sí está delante, defenderás con mayor habilidad...y así sucesivamente con las piernas, las caderas, los órganos vitales, los sentidos. Todo esto es correcto e importante y dependerá del profesor, el arte marcial y la cultura, ya sea China, Japonesa, Europea...pero no olvidemos que son la herramientas que utilizará nuestra mente y que si esta no se encuentra en armonía serán inútiles. No le sirve de nada un maletín de carpintería lleno de herramientas profesionales a quién no sabe de madera, e igualmente es desafortunado poseer un método de combate correcto sino entiendes qué es un conflicto.
El enfoque debe cambiar. Darnos cuenta del cariño que hemos tomado a la personalidad, al carácter, al miedo, al ego es crucial para transformarlo. Saber que todo esto no es auténtico sino la acumulación de experiencias adquiridas de la cultura, la sociedad, los amigos, la familia, los educadores, la televisión... que realmente no son intrínsecas a nosotros sino piedras que incrementan nuestro verdadero peso al ir metidas en los bolsillos, un traje que llevamos, un atuendo,. Pero no es permanente sino temporal. Esta enfoque de la guardia es para toda la vida, no se utiliza en un momento de conflicto físico exclusivamente. Que importancia tendrá entonces, si las manos se encuentran más arriba o más abajo, la justa y necesaria. La lucha comienza en la mente. Muchos luchadores se preparan para una velada donde tendrán que medir sus fuerzas a otra persona, imaginando un adversario de peso superior al suyo, de un metro más alto, tan feroz como un tigre e invulnerable como el acero. De esa manera fomentan su valor, destreza, preparación y coraje pero no han mirado ni un instante hacia sus temores, los están tapando debajo de la voluntad y la disciplina, los están escondiendo. No durará mucho, llegará un instante en que el inconsciente se hará tan fuerte al mantenerlo oculto durante años que resultará imparable, más que el peor de los golpes recibidos y multiplicado por 100. Esta idea es compartida por todas las artes marciales, no hay diferencia en la esencia sino en la aplicación. Cada sistema es la expresión de los fundamentos humanos del individuo. Los sistemas no son rígidos, no son mejores o peores, esto no importa, solo existe lucha de orgullos, no de sistemas. ¿Qué importa?. Es la persona, el Yo quién lo pone en práctica. Dependerá de la perfección de su cuerpo, temperamento y Espíritu, no de la calidad de sus técnicas únicamente. La efectividad de estas viene determinada por la combinación de cuerpo, sentimiento e idea. Superar nuestras emociones no significa que debamos volvernos fríos e inhumanos, más allá de cualquier sentimiento. Al contrario, las artes marciales nos llevan a comprender la interrelación de las fuerzas que se mueven a nuestro alrededor y de las cuales somos partícipes. Un buen practicante, adiestrado a lo largo de los años, debe tener la sensibilidad suficiente para percibir el sufrimiento de los demás seres y compartirlo con ellos como un camino hacia la trascendencia, sin perder el ánimo ni la serenidad templada del corazón para discernir entre aquello que es real e imaginado. El método correcto, la perseverancia y el corazón sincero son los ingredientes necesarios para vencer en cada suceso de nuestra vida, ¡eso es importante!. La guardia realmente se consolida por los conocimientos adquiridos y la esencia traída desde antes del nacimiento, es decir, nuestra conciencia original. |